Estamos en Izalco, un 1 de noviembre. Ya la calle hacia el Cementerio Municipal muestra los distintos puestos que servirán de ventas, tanto de flores como golosinas y comida, el día siguiente conocido como de los Fieles Difuntos o "de Finados".

Hoy, los izalqueños alegran el cementerio con su bulla, portando brochas, pinturas y demás enseres, prestos a "chainiar" las tumbas de sus seres queridos. Vemos grupos de cipotes con azadones al hombro y corvos en mano, ofreciendo sus servicios a aquéllos que no pueden hacer el trabajo: "le limpiamos la tumba", es la frase tradicional; otros, portando matatas o mochilas, ofrecen su trabajo en pintura: "le pintamos la tumba" o "le ponemos el nombre", nos dicen.

Se están refiriendo al hecho de restaurar la pintura del mausoleo o Cruz del sitio donde yace el ser querido, o en su caso, repintar el nombre de indentificación del mismo que está escrito sobre la lápida respectiva. Es pues hoy, el día "de Todos los Santos"; y para Izalco, así como para algunos municipios del Departamento de Sonsonate, es muy especial. Iniciando la noche, salen por las calles de los distintos barrios, grupos de cipotes "pedigüeños" -pidones es el término modernamente usado-, dando vida a una tradición que data de tiempos inmemoriales.

En aquellos tiempos de nuestra infancia, era época del corte de la caña de azúcar, por lo que ésta se encontraba en muchos hogares, esperando ser regalada debido a la tradición que hoy retomamos. Recordamos cómo buscábamos un cuadro alusivo a alguna devoción católica -una Virgen, un Santo-a, o "El Corazón de Jesús"-, una campanilla, una Cruz grande, camándulas, un costal y a veces un par de candelas de esterina blanca, para luego salir en grupo a buscar el premio de esa noche, que siempre consistió en pedazos de la citada caña, tamales, monedas, dulces, pan o cualquiera otra dádiva que la gente nos diera, tras cumplir "la penitencia" impuesta.

Caminábamos por las calles de nuestro querido barrio Dolores y en coro, decíamos la consigna tradicional: "Angeles Somos, Venimos del Cielo, Pidiendo Tamales para la Barriga!!!", mientras, sonábamos la campanilla que era portada por alguno del grupo; el costal, lo llevaba "el jefe", quien era el responsable de ir metiendo en este improvisado depósito, todo lo que nos regalaban las gentes visitadas.

Al llegar al frente de la puerta de un vecino, decíamos la mencionada consigna y generalmente aparecía el jefe o jefa de la casa y nos ponía la respectiva penitencia: "Recen 10 Padres Nuestros..." o "Digan el Yo Confieso..." y nosotros que previa salida, habíamos repasado todas las plegarias posibles, prestos hacíamos "la penitencia", ya que si nos equivocábamos nos hacían repetirla o bien, no obteníamos el premio. Hubo quiénes, nos pidieron hacerlo de rodillas!

Para cada tipo de respuesta de nuestros visitados, había una despedida adecuada, aclarando que un par de ellas resultaba ser un tanto irrespetuosa, pero era y sigue siendo, parte de la tradición. Dependiendo del premio obtenido, así decíamos nuestra despedida:

"donde dan pisto, vive el Señor Jesucristo!!!", "donde dan caña, vive el Rey de España!!!", "donde dan pan, vive el Señor San Juan!!!", "donde dan tamales, se espantan todos los males!!!"; pero, si la respuesta era negativa entonces se decía: "donde no dan nada, vive la vieja venada!!!", y si la gente no respondía ni tan siquiera al llamado, se decía: "donde cierran la puerta, vive la vieja tuerta!!!"
Aclaro que estos hechos que narro datan de finales de los años 70s y que actualmente, tanto la mecánica de la tradición como las consignas han cambiado, ya que se ha desfigurado "lo original", al punto que rara vez, se ven verdaderas "penitencias".

También antes, cada grupo respetaba su barrio y nadie pedía fuera del suyo. Volviendo a nuestro relato: Al cabo de 2 ó 3 horas, ya nuestro costal llevaba considerable peso; volvíamos a nuestro lugar de reunión y ahí repartíamos todo y muy rápido, ya que había que volver a nuestros hogares, pues si esperábamos la noche, podíamos correr el riesgo de encontrarnos con "La Procesión de los Muertos..."

Reseña:
Esta expresión cultural de "pedir", es una muestra más de las tantas estrategias implementadas por los españoles en nuestras tierras, donde tomando como base las creencias de nuestros ancestros, inculcaron la nueva fe. Traída dicha tradición de Bailo, Municipio de la Provincia de Huesca, en Aragón, originalmente es una celebración dedicada a San Nicolás el 6 de diciembre -Santa Claus o Papá Noél-.

Los niños van por las casas pidiendo dulces y después se hace una gran chocolatada. Cantan: "San Nicolás está en la puerta, esperando la respuesta, si le dan o no le dan, las gallinitas lo pagarán. Ángeles somos, del cielo venimos, cestas traemos, chullas y huevos pedimos". Y las niñas replican: "Santa Lucía Gloriosa. Que nos viene a visitar. Con los ojos en la mano. Pidiendo la caridad. Ángeles somos, ..."

Así vemos cómo astutamente nuestros conquistadores supieron unir esto con el rito, respeto y veneración hacia los difuntos, tan ampliamente profesado en toda Mesoamérica y como ya dijimos, resultó ser una oportunidad más para evangelizarnos. En el 835, el Papa Gregorio IV institucionalizó el 1 de noviembre como la fiesta de Todos los Santos y la preparación de la fiesta de los Fieles Difuntos, el 2 de noviembre.

La tradición latinoamericana de los pedigüeños, no es más que la escenificación de la visita de los Angeles del Cielo a la tierra, buscando según la tradición popular, "encontrar más hombres que merezcan alcanzar la santidad", para luego retornar a lado del Creador, claro está que con muchísimas variantes por todo el Continente. Debo señalar que en Sur América, efectivamente, los infantes se visten como Angelitos dándole más formalidad al asunto.

Apuntan los estudiosos del tema: "Por muchos años, en diversas culturas se han generado creencias en torno a la muerte, que han logrado desarrollar toda una serie de ritos y tradiciones, ya sea para venerarla, honrarla, espantarla e incluso para burlarse de ella".

Casualidad o no, el acontecimiento de los pedigüeños coincide con el Día de los Difuntos, donde según la creencia popular ancestral, nuestros seres queridos cuyos restos descansan en los "camposantos", mantienen vivo su espíritu y por ello, llegado este día, nos acompañan; debido a esto, es muy común ver cómo en Nahuizalco, muy a la usanza mexicana, todavía hoy, aunque en menor escala, algunas tumbas lucen además de las respectivas flores, alimentos y licor para el ser querido.

Nahuizalco, Salcoatitán, San Pedro Puxtla y, por supuesto nuestro místico Izalco, son las poblaciones que conservan esta riqueza cultural de los Pedigüeños. Para el caso de Nahuizalco, la tradición consiste en que los cipotes se reúnen con el cura del pueblo y personas mayores, en el atrio de la parroquia; llevan los mismos implementos narrados de mi infancia y el párroco encabeza la caravana por todo el pueblo.

Acá reciben el nombre de "Los Canchules" -en náhuat: pedigüeños-. Su consigna es un tanto distinta a la nuestra: "Angeles Somos y del Cielo Venimos, Canchules Pedimos para Nuestro Camino!!!"

Es 1 de noviembre, y estos pedigüeños dan vida a la tradición izalqueña
-fotografía de Mauricio Peralta-
Acá inferimos que se trata del viaje que éstos han de hacer de regreso al Cielo y la comida que reciben será precisamente para "el camino". Para el caso de nuestro vecino Nahuizalco, el premio generalmente son tamales y dulce de ayote. Aclaramos que en el lugar elaboran altares en sus casas, con flores y frutas y esos puntos son los que los cipotes junto al cura han de visitar en horas de la noche.

Específicamente sobre esta tradición nahuizalqueña, un rotativo nacional apunta lo siguiente: "...por la noche, los “ángeles” visitan el cementerio y llevan comida y bebida a sus finados (parientes muertos).

Los adultos consumen "chicha" o aguardiente mientras cuentan anécdotas de sus parientes. Los niños aprovechan para correr entre las tumbas y llegar cansados a sus casas. Antes de dormir, entregan sus canchules. Por la mañana, los disfrutarán en compañía de sus familias"
.

De hecho, nuestros vecinos, regresan al cementerio al siguiente día, para verificar que los alimentos ya no se encuentren en las tumbas, porque si no es éste el caso, lo interpretan como que la ofrenda no fue bien recibida. Como vemos, acá la tradición izalqueña difiere significativamente.

En cuanto al Común de Izalco, cada 2 de noviembre llegadas las 6 a.m., los señores de la etnia previa organización, se hacían presente al histórico campanario, con la misión de dar redobles con su insigne "María Asunción" durante todo el día, hasta llegadas las 6 p.m. conocida por ellos, como "la hora de la oración".

En 2011 felizmente de retomó esta tradición por parte del remamente indígena que aún subsiste y pudimos volver a escuchar el estilo "correcto" de hacer sonar la histórica campana. También, la memoria colectiva de los izalcos, recuerda cómo la "Mayora del Jarro" -citada en nuestro artículo dedicado a la Virgen de Agosto o María Asunción-, acudía al cementerio cada 2 de noviembre, portando velas de cera adornadas con listones de colores, para rendir culto a los antepasados.

"...Eran las 12 de la noche de un 1 de noviembre... y a pesar de las advertencias que le habían dado, una curiosa de Izalco no resistió su deseo por comprobar lo que las historias decían. Y esa noche, esperó a que el reloj de Dolores sonara la media noche y se levantó.

Entreabrió la puerta y esperó sigilosamente... Al cabo de un rato, escuchó el aullido de un perro y de pronto, sacudió su cuerpo un vientecito muy frío típico del verano... de repente, observó cómo la calle se iba iluminando y esto hizo que se asomara al pequeño espacio que se dejaba ver de la puerta hacia afuera...

Vio cómo efectivamente, eran candelas encendidas las que iluminaban la calle en la penumbra de la noche y casi al instante, tenía ante sus ojos, lo que tanto había añorado ver... Iban 2 filas de figuras vestidas de blanco que caminaban silenciosamente; cada acompañante portaba su respectiva vela.. todo era silencio...

Nuestra curiosa izalqueña agarró valor, y movida por sus deseos abrió más la puerta para presenciar el espectáculo; no pudo ver el rostro de ninguno de los penitentes y al momento de pasar uno de ellos frente a su puerta, extendió su brazo y le dio la candela que portaba y siguió su camino. ¡Es verdad! dijo para sí misma,

¡Existe La Procesión de los Muertos, voy a guardar esta candela como prueba para que cuando lo cuente, me crean!

Dejó que pasaran todos y cuando las luces se perdían en el espacio, cerró la puerta y todavía un tanto nerviosa, se acostó a la vez contenta de haber sido testigo del gran misterio, del que tanto le hablaran sus tatas... guardó la presea en una gaveta y se durmió.
Al día siguiente, se levantó muy temprano y lo primero que hizo fue ir a abrir la gaveta y resultó que la candela ya no estaba, se había convertido en un hueso muy grande y putrefacto!!! Ante tal susto, sólo alcanzó a dar un grito y cayó inconsciente.

Llegaron a su auxilio. Estaba prendida en calentura y para asombro de sus auxiliantes, la asustada estaba muda y sólo señalaba la gaveta. Pero resultó ser que el hueso había desaparecido! Dicen que así pasó como un mes, muy enferma y también que nunca más pudo hablar. "Eso pasa a todos los curiosos e incrédulos que no creen en nada", me dijo mi abuelo, tras narrarme esta historia.

Origen del Mito.
La Santa Compaña, es en la mitología popular gallega una procesión de muertos o ánimas en pena que por la noche -a partir de las doce-, recorren errantes los caminos de una parroquia. Su misión es visitar a todas aquellas casas en las que en breve habrá una defunción.

No hay ninguna duda entonces, que el mito fue traído por los conquistadores a nuestras tierras. Está presente con diversas variantes recibiendo otras denominaciones como Güestia, Güéspeda, Estadea, Hoste, Genti de Muerti, procesión de ánimas o simplemente Compaña.

Esta procesión fantasmal forma dos hileras, van envueltas en sudarios y con los pies descalzos. Cada fantasma lleva una vela encendida.. Al frente de esta compañía fantasmal se encuentra un espectro mayor llamado Estadea. La procesión va encabezada por un mortal portando una cruz y un caldero de agua bendita seguido por las ánimas con velas encendidas, no siempre visibles, notándose su presencia en el olor a cera y el viento que se levanta a su paso.

Recordemos la historia antes narrada y vemos cómo todo coincide. Esta persona viva que precede a la Procesión, puede ser hombre o mujer, dependiendo de si el patrón de la parroquia es un santo o una santa. Se cree que quien realiza esa "función" no recuerda durante el día lo ocurrido en el transcurso de la noche; sólo se podrá reconocer a los penados con este castigo por su extremada delgadez y palidez.

Cada noche su luz será más intensa y cada día su palidez irá en aumento. No les permiten descansar ninguna noche, por lo que su salud se va debilitando hasta enfermar sin que nadie sepa las causas del mal. Condenados a vagar noche tras noche, lo hacen hasta que mueran u otro incauto sea sorprendido, a quien el que encabeza la procesión, le deberá pasar la cruz que porta.

A su paso, los perros anuncian la llegada de la Santa Compaña aullando de forma desmedida, los gatos huyen despavoridos.
Dicen que no todos los mortales tienen la facultad de ver "La Compaña". Elisardo Becoña Iglesias, en su obra "La Santa Compaña, El Urco y Los Muertos" explica que según la tradición, tan sólo ciertos "dotados" poseen la facultad de verla: los niños a los que el sacerdote, por error, bautiza usando el óleo de los difuntos, poseerán, ya de adultos, la facultad de ver la aparición.

Otros, no menos creyentes en la leyenda, habrán de conformarse con sentirla, intuirla. Para librarse de esta obligación, la persona que vea pasar la Santa Compaña debe trazar un círculo en el suelo y entrar en él o bien acostarse boca abajo. J. Cuveiro Piñol, en su Diccionario Gallego (1876) escribe: Compaña: entre o vulgo, creída hoste ou procesión de bruxas que andan de noite alumeadas con osos de mortos, chamando ás portas para que as acompañen, aos que desexan que morran axiña...

Las fechas en que aparece según la tradición popular es en la noche del día de Todos los Santos -entre el 1 y el 2 de noviembre-, o la de San Juan el 24 de junio. En las Hurdes, en Extremadura, aparece el Corteju de Genti de Muerti, que se compone de dos jinetes fantasmales que causan el pánico de madrugada por los pueblos hurdanos, ya que quien los ve puede resultar muerto. En Zamora, se la denomina La estadea y es una mujer que vaga por los caminos y los cementerios.

No tiene rostro y huele a la humedad de los sepulcros. Sólo se aparece a aquél que va a morir. En León, se la llama La Hueste de Animas. Las numerosas leyendas sobre esta compañía de difuntos en pena, cuentan que se desarrolla en los caminos cercanos a los camposantos en busca de algo o alguien, y que siempre aparecen con un motivo por el cual es símbolo de desastre o maldición. Los motivos por lo que esta compañía de almas errantes puede aparecer son:

1. Para reclamar el alma de alguien que morirá pronto. Cuenta la leyenda que quien recibe la visita de la Compaña morirá en el plazo de un año.
2. Para reprochar a los vivos, faltas o errores cometidos. Si la falta es especialmente grave, el mortal que la ha cometido podría recibir la visita de la Compaña para que la encabece, condenado así a vagar hasta que otro mortal le reemplace.
3. Para anunciar la muerte de un conocido del que presencia la Procesión.
Para cumplir una pena impuesta por alguna autoridad del más allá. Fuente: Turismo Enxebre -Galicia-.



En cuanto al Día de los Muertos respecta, apuntamos que en México según sus tradiciones prehistóricas, cuando una persona muere, su espíritu sigue vivo en un lugar de residencia llamado Mictlán.
En este recinto las almas descansan tranquilas, hasta el día en que regresan a la tierra para visitar a sus familiares. Según esto, aunque en esta visita no se alcanzan a ver por las diferencias terrenales, se siente la presencia entre las almas.

Por ello, no nos extrañe la tremenda importancia que en nuestros pueblos tenga esta fecha, cuya fiesta fue traída de México como herencia de nuestros ancestros; de ahí, el matiz que se observa en nuestro vecino Nahuizalco, obviamente directamente relacionado al pensamiento mexicano.

El Día de Muertos en México, fue declarado por la UNESCO como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad, como una festividad mexicana sin igual.

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No podemos obviar decir en este artículo, que realmente la fiesta del 2 de noviembre, es una festividad mexicana y centroamericana. También es festejada en Brasil, como "Día dos Finados", aunque ahí no tiene las mismas raíces prehispánicas que la festividad mexicana y por ende, la nuestra. Según estudios, los orígenes de la celebración del Día de Muertos en México, son anteriores a la llegada de los españoles. Hay registro de ello en las etnias mexica, maya, purépecha y totonaca. Los rituales que celebran la vida de los ancestros, se realizan en estas civilizaciones por lo menos desde hace tres mil años.

En la era prehispánica, era común la práctica de conservar los cráneos como trofeos y mostrarlos durante los rituales que simbolizaban la muerte y el renacimiento. El festival que se convirtió en el Día de Muertos, se conmemoraba el noveno mes del calendario solar mexica, cerca del inicio de agosto, y se celebraba durante un mes completo. Las festividades eran presididas por la diosa Mictecacíhuatl, conocida como "La Dama de la Muerte" y esposa de Mictlantecuhtli, Señor de la Tierra de los Muertos. Eran dedicadas a la celebración de los niños y las vidas de parientes fallecidos; en México, uno de los principales aspectos que conforman su identidad como nación, es la concepción que se tiene sobre la muerte y todas las tradiciones y creencias que giran en torno a ella.

El verdadero origen del Día de todos los Santos, se remonta a Roma mucho antes de la llegada de los españoles a nuestras tierras; nació como una conmemoración al sacrificio de todos los fieles cristianos que cayeron defendiendo la nueva fe ante los Césares paganos y que al ser miles, se decidió hacer en una sola fecha tal reconocimiento; con la llegada de los franciscanos a México, la fiesta se inculcó haciéndola coincidir con el tributo a los muertos del Nuevo Mundo, por lo que hoy es una mezcla de ambas cosas. De ahí su nombre: "Fieles Difuntos".
Altar de Muertos.
Para celebrar la llegada de sus difuntos, desde tiempos prehispánicos, en Izalco existía la tradición de hacer un altar con los objetos favoritos del ser querido, y decimos existía porque a pesar de ciertos esfuerzos que se hacen por su rescate, realmente por los resultados observados, todo indica que esta costumbre está condenada a desaparecer.

Felizmente en México, sí tiene aún hoy día gran importancia. Existen diferentes estilos de altares que van desde dos niveles que representan el Cielo y la Tierra, hasta Altares de Día de Muertos de 7 niveles, que representan los 7 escalones que hay que pasar para llegar a la vida eterna; infaltable es la presencia de la fotografía del ser querido en ellos.


En los niveles, se colocan objetos personales del difunto-a y una gran variedad de comida que el alma disfrutaba. Si el difunto fumaba se colocan los cigarros de la marca que prefería y de igual manera refrescos, cervezas, pan dulce tradicional, calaveras de azúcar, amaranto, etc.

Se coloca también agua, para que el alma sacíe su sed luego del largo viaje realizado; se ponen velas, para recordar tanto al alma velada como a las olvidadas. Igualmente, se incluye sal que sirve para purificar, copal o incienso para que el alma se guíe hasta su altar por el olfato y al pie del altar, se coloca un camino de flores de cempoalxóchitl hasta la entrada de la casa con velas adornándolo, para que el alma se guíe desde su entrada.
El misticismo en torno a la muerte, en cuanto al Común de Izalco respecta, es muy rico en relación a las costumbres mortuorias que por mucho tiempo estuvieron vigentes, hasta su total extinción en nuestros días. Un estudio hecho al municipio a finales de los años 70s, proporciona la siguiente información de suma importancia e interés: "Cuando morían niños menores de 12 años, realizaban la velación con una especie de festejo. Llevaban música de marimba y guitarra, cantaban, comían tamales y se emborrachaban. Para el entierro, colocaban al cadáver en un tapesco adornado con flores y en el camino hacia el cementerio, reventaban cohetes.

Aunado a esto, rociaban agua bendita al pequeño difunto y si todavía era lactante, la madre exprimía sus pechos para colocar la leche en unos carrizos, los que se situaban cerca de la cabeza del niño, para que tuviera su alimento mientras subía al Cielo.

Si el difunto era un adulto, entonces la costumbre era distinta. Para este caso, celebraban una ceremonia especial que se llamaba "la búsqueda del túnal", es decir, la búsqueda del espíritu, principalmente si la persona no fallecía de muerte natural.

En estos casos, creían que sólo moría la carne y el espíritu seguía viviendo para padecer e intranquilizar a la familia, por lo que para lograr que el túnal descansara en paz, con tal ceremonia, éste se lograba reincorporar al cuerpo.

Tal ceremonía era dirigida por una anciana del Común, que se hacía acompañar por la familia doliente. Durante 5 jueves a las 12 de día, recorrían en Procesión todos los lugares que frecuentaba el difunto y en cada uno de esos sitios, rezaban y lloraban llamando al muerto por su nombre.

La "tunalera", llevaba en la mano una prenda de vestir del difunto, con la que sacudía el sitio visitado; después, regresaban a orar en la tumba del fallecido." Como podemos ver, los temas tratados en el presente artículo, son de importantísimo valor histórico-cultural, por lo que en Izalco Piadoso, no podíamos dejar de publicarlos.