Por Edgar Avelar

Como muy bien es sabido, nuestros pueblos antes de ser agricultores, primero fueron cazadores; esto es fácilmente explicable al entender cómo en la evolución de la humanidad misma en cualquier cultura que se refiera, la alimentación a base de animales fue la base de su sustento; luego vendría la agricultura a fortalecer la dieta alimenticia de aquéllos hombres.

Pero cuando ya se tuvo religión propiamente dicha, la caza pasó incluso a tener carácter ritual y de gran importancia, ya que de igual manera, el Sacrificio u ofrendas a los dioses, eran parte vital de cómo lograr las bondades del cielo.

Era pues, parte de su vida. Por ello, no nos extrañe que el cineasta Gibson, iniciara su filme Apocalypto, precisamente ilustrándonos la forma en que nuestros pueblos conseguían dar caza a su presa -curiosamente un jabalí o tunco de monte como lo llaman los nuestros-, y luego ver la repartición de la presea entre la tribu.
Con la llegada de los conquistadores, muchas de esas prácticas desaparecieron poco a poco, pero como tanto se ha dicho, de la cultura ancestral, muy poco pudo ser eliminado en su totalidad, como hubieran deseado los misioneros.

Para el caso salvadoreño, las distintas tribus, en sus varias facetas culturales, siguieron recordando más a nivel folclórico que ritual, aquéllos tiempos donde la caza constituía un evento especial en cuyo final, siempre resultó ser una fiesta.

Y, para el caso de la Cofradía del Padre Eterno Santísimo, perteneciente al otrora Tecpan Izalco, resultó ser más que idónea la ocasión de celebrar al Dios mismo, dador de todos los parabienes a los hombres, motivo muy especial para incorporar esta danza-ritual, donde la caza del "Cujtan Cuyamet", pasó a ser parte infaltable de las celebraciones.

Con ella, se recordaba los tiempos donde ellos, los naturales "dueños de todo", justo cuando era necesario abastecerse alimentariamente, emprendían camino a las selvas para con arcos, flechas y lanzas, llevar el sustento a sus aldeas.



Grupo artístico "del Tunco de Monte", en algún lugar de El Salvador.
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Ante todo, aclaramos que esta danza-ritual no es exclusiva de Izalco; se tiene conocimiento de su ejecución en distintas partes del país, especialmente en la población de Santa María Ostuma en Zacatecoluca y San Antonio Abad.

Aunque hay que decir, que solamente en Izalco, el Común la realizó en las fiestas dedicadas al Padre Eterno Santísimo -día de la Santísima Trinidad-.

Cuando a la Cofradía llegaba una "Entrada" especial, entonces se procedía a realizar esta manifestación cultural que lastimosamente desapareció hacia medidados del siglo pasado.

Se trataba prácticamente de escenificar la cacería de un jabalí –tunco de monte o Cujtan Cuyamet-; su carne sería repartida entre los Cofrades, tras ofrecerlo en sacrificio al Padre Eterno Santísimo.

La vestimenta del personaje que haría las veces del animal, era propiedad de la Comuna y formaba parte de los enseres que se entregaban cuando un nuevo Alcalde del Común, ocupaba el cargo.

Cita Herrera Vega en su "Expresión Literaria de Nuestra Vieja Raza", que vistiendo el traje típico de manta y los pantalones enrollados hasta las rodillas y ataviados con hojas de pacaya a la altura de la cintura, los cazadores usando máscaras toscas hechas de madera de quilite, portaban sus flechas y al perro, que no era más que una piel de ardilla rellena de ceniza.

Nos cuenta que perseguían al animal, quien realmente era un hombre vestido con una piel ya disecada de un jabalí desde la cabeza hasta la cola.

Con una armazón de bejucos se le daba forma al animal. Su cabeza iba forrada de bejucos hechos con la misma piel del jabalí y como máscara, usaba una calavera del mismo y todo el conjunto danzaba.

El tunco embestía al cazador, quien corría para ganar distancia y poder lanzarle la flecha. Cuando el animal se veía asediado por los cazadores, rodaba por el suelo e intentaba morderlos.

A veces se hacía uso, del perro que el cazador llevaba en la mano. Se le ponía enfrente al animal para hostigarlo, diciéndole: ¡Ujele, Cusculina!

Cuando llegaban a la Cofradía en cuestión, se instalaban en el patio y continuaba la actividad hasta que el animal se rendía y luego se agregaba una parte humorística al momento del reparto del animal.

Esta consistía en que un personaje se vestía de “vieja”; llevaba un vestido roto, un tecomate lleno de tusas para la “chamuscada” de la presa. Tras ofrecerlo como sacrificio como ya se dijo, se procedía a hacer la repartición de todo su cuerpo.

Lógicamente, las frases se decían en un principio en náhuatl, pero poco a poco se fue cambiando por el español, aunque todavía deformado. Las frases según el citado autor, eran las siguientes:


Chan ne lomu
Chan ne tu mayordomu.
Ni gordura
Ya güichan señor Cura.
Ni ish
Ya güichan Luis
Ni lengua
Ya güichan ña Rosenda
Ni pestaña
Ya güichan Teban Zaña
Ni jiel
Ya güichan don Miguel
Ni vejiga
Ya güichan tu amiga
Ni güergüero
Ya güichan tu cajero
Ni sontecun
Pa le cuestiun secun
Ni custías
Ya güichan Jeremías
Ni corazón
Ya güichan Encarnación
Ni tripa
Ya güichan Lipa
Ni tuchi
Ya pal ña Luci
Ni napash
Ya güichan Macash
Ni untu
Ya güichan tu dijuntu
Ni peyeyu
Ya güichan Señor Alejo
Ni lomu de adentru
Pa ne tu sargentu
Ni cola
Ya güichan Lola
Ni textexin
Ya güichan Lucas Texin
Ni jeta
Ya güichan Cleta
Ni juilo
Ya güichan Cicrilu
Ni yecat
Tamit güenet Compagre.
Y, luego de estas frases, ingresaban a la Cofradía. Al respecto, me encamino hacia el Barrio de la Cruz Galana y entrevisto a un anciano de la etnia con mucha experiencia en los asuntos tradicionales, Don Andrés Culina, quien muy presto me narra:

"Mire, esas cosas eran de los "siñores de antes"; cuando yo estaba cipote bien me acuerdo cuando los finados, iban a la Procesión del Padre Eterno; llevaban pito y un tambor grande; se vestían de indios y querían cazar al animal... y en el recorrido iban danzando la caza del tunco; en las esquinas se detenían y con una chuchilla de palo, le arrancaban un pedazo al tunco y se lo daban a alguno de los que iban en la Procesión, porque esa era la gracia, que el tunco se repartiera entre el pueblo...

y cuando pasaban frente a la Iglesia, al cura le daban su pedazo y también cuando pasaban frente a la casa de algún conocido del pueblo; también bailaban en la Cofradía cuando era la víspera del Santo; pero fíjese que todo el parlamento se hacía en Náhuat así como se hablaba antes; ese era "el costumbre para el Imagen..."
. Palabras textuales de mi querido amigo.
Al preguntarle la razón por la que esta tradición desapareció, me asegura que "el entusiasmo por las cosas de antes se fue perdiendo y a la cipotada ya no le interesaron esas cosas y los Mayordomos, igual perdieron el interés"; me agrega que las vestimentas igualmente se perdieron en manos de uno de los tantos Mayordomos que ha tenido el Padre Eterno.

Todavía algunos izalqueños longevos recuerdan cómo estos desaparecidos danzarines proporcionaban el elemento étnico durante el recorrido procesional, señalando que fue a finales de los años setentas, cuando todavía se les vio participar durante la fiesta de la Santísima Trinidad.

Me señalan que los diálogos ya no eran en náhuatl o la variante mezclada que observamos en las estrofas anterioes, sino era un "español más ladino" el que se escuchaba en ese tiempo.

Ojalá y quienes dicen estar comprometidos con el tan necesario rescate cultural, tomen en serio sus palabras y se propongan que en la fiesta y Procesión del Padre Eterno, volvamos a ver esta danza-ritual como hemos decidido llamarla, para que Izalco de una vez por todas, verdaderamente vuelva a ser, todo lo que un día fue.


Danzarines de los años 60s, en algún lugar de El Salvador.
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