Por Edgar Avelar
Tras caer las primeras lluvias, hacen acto de presencia las infaltables chicharras que con su canto, anuncian la Cuaresma y la Semana Santa.

Las cigarras -cicadidae mordoganensis-, son insectos con un ciclo de vida de 2 a 17 años según su especie, ya que se calcula que existen miles de ellas. Casi toda su vida pasan bajo tierra, ya que una vez las hembras ponen sus huevos, estos caen al suelo y se entierran. Las hembras mueren tras haber hecho su trabajo.

Así pasan las ninfas durante casi toda su vida, alimentándose de la savia de las raíces de los árboles, hasta que llega el momento en el que mudan transformándose en los insignes insectos que conocemos; cavan túneles para poder subir a los árboles y así deleitarnos con su canto.

Esto sucede mayoritariamente durante los climas secos y muy cálidos, que para nuestros pueblos, obviamente han de ser los meses de marzo y abril, coincidiendo felizmente con el tiempo Cuaresmal y de Semana Santa.

Los que cantan, son los machos que buscan aparearse con las hembras, atrayéndolas con su canto; logran producir su característico sonido por medio de unas membranas que los biólogos han bautizado como "timbales".

El sonido que emiten es tan fuerte, que se ha descubierto, que muchas veces, los machos mueren, debido a la vibración que tienen que soportar durante la emisión del singular sonido.

Estos insignes insectos, poseen ojos separados de la cabeza y cuatro alas transparentes. Una chicharra normal,, mide entre 15 y 65 milímetros de largo. Y suelen orinar repetidamente durante todo el día.

Existen en todo el planeta. Pero más que un estudio científico de ellas, lo que interesa en este artículo en su papel folclórico en torno a la época en cuestión: nuestra Cuaresma y Semana Santa.

Nuestros abuelos, dieron a estos emblemáticos animales, un significado muy especial: "es el canto de las chicharras, el que recuerda a los hombres, el Santo Sacrificio de Cristo, para vergüenza nuestra".

La asociación lógica que de las chicharras se hace en torno a la Pasión, obviamente radica en que nunca se escucha su canto en ninguna época del año que no sea ésta. Y el ingenio e imaginación, aunado al fervor de nuestro pueblo, ha hecho que incluso la anatomía del animal, sirva de justificación a dicha asociación:


En la parte superior de su cabeza, se aprecian 3 puntos negros en forma de triángulo -realmente se trata de 3 ojos simples u ocelos que le facilitan la vista frontal-, los que sin derecho a discusión por parte de algún "incrédulo", vienen a significar los "Tres Clavos del Señor".

Con ese mismo rigor, nuestros abuelos nos enseñaron que llegada la hora nona del Viernes Santo -3 de la tarde, momento oficial de la muerte de Cristo-, las chicharras cantan el duelo con tal fuerza como en ninguna otra hora pueda compararse.

Como dicen ellos: "lloran a Cristo". A esto debemos sumar, que cuando niños, muy obedientemente por mandato de los adultos, íbamos al parque Menéndez o Zaldaña en busca de los insectos que yacen en los árboles ambientando con su canto esta época tan especial; nuestro objetivo era capturarlos, para luego buscar a Jesús Nazareno o Jesús de Dolores, para irle a poner los místicos insectos sobre sus túnicas, preferentemente a la altura de sus hombros.

Con eso, nos dábamos por satisfechos, ya que era la ofrenda a nuestras queridas imágenes. Con el cambio de los tiempos, actualmente, ya no vemos grupos de cipotes con la misma tarea, pero más preocupante aún, es que por nuestra culpa y ante el daño que hacemos a nuestro medio ambiente, cada año, los inviernos son más descontrolados y quizá dentro de poco, ya no veremos más a nuestras chicharras de infancia, porque no habrá más árboles donde se posen o de seguro, el asfalto "del desarrollo" impedirá que las ninfas puedan desarrollarse en lo profundo de la Madre Tierra. Una Cuaresma y Semana Santa sin ellas, jamás será igual.


¿Coincidencia? Una chicharra yace sobre el hombro derecho de Jesús Nazareno en su Huerto de Martes Santo en 2012