Por Edgar Avelar
Llegadas las 4 de la tarde, cada Viernes Santo, el Consagrado Señor del Descendimiento es Descendido de la Cruz, para ser llevado a los brazos de su Santa Madre. Mientras se realiza el Acto, suena la voz imponente de Don Alfonso Barrientos, quien entona de forma magistral, las notas de este canto fúnebre de autor anónimo, que todos los años propicia con su letra, el ingrediente fúnebre y devocional, muy propio de la Seman Santa izalqueña.



Al Ultimo Reflejo Funerario,
del gran día, con lágrimas marcado,
se descubre un cadalzo ensangrentado,
sobre las pardas rocas del Calvario.

Ahí al pié del patíbulo tremendo,
gime una hermosa, jóven Israelita,
y es la doncella, del Señor Bendita,
de cruel congoja y del dolor arrepentida.

No hay dolor, comparable a su dolor,
no hay pesar, que se iguale a su pesar,
de acervas penas es un mar,
la Inmaculada Madre del Creador.

Tiene en sus brazos, el cadáver Santo,
del Soberano, Salvador del mundo,
besa su frente, con amor profundo,
y, sus heridas lávale con llanto.

Y por la sienes, sagradas del Señor,
pasa su mano, con dulzura tierna,
y la caricia con suavidad materna,
y las espinas tócale clavadas.

Tiembla la mano de la Virgen Bendecida,
y al desprender cada punzante espina,
con esa mano, maternal divina,
besa llorando al Hijo de su amor.

Recuerda el tiempo, cuando era niño,
Ella peinaba, su cabellera hermosa,
y contemplaba, su mirar precioso,
ay!! y gozaba de su infantil cariño.

En la belleza del Mesías piensa,
belleza tanta, que jamás se viera,
y al gran Señor, de la celeste esfera,
contempla ahora, su amargura inmensa.

Cuan leproso, le ha dejado el hombre,
de la cabeza, a la Divina planta,
es una llaga, cárdena que espanta,
es un destrozo de crueldad sin nombre.

Mas oh bondad!, en tu dolor materno,
que hace la limpia y Virginal María,
la sangre ofrece, ofrece la agonía,
y su Hijo muerto, ofrece ya al Eterno.

Y el perdón y la salvación del mundo,
pide por esa víctima preciosa,
Bendita seas, Madre Dolorosa,
eres Bendita en tu dolor profundo.

Al Ultimo Reflejo Funerario,
del gran día, con lágrimas marcado,
se descubre un cadáver ensangrentado,
sobre las pardas rocas del Calvario.